Este mensaje es maravilloso porque podemos
imaginar la esperanza muerta de los primeros cristianos ante la muerte de su
Maestro. Es sufrimiento, la impotencia, la rabia de verse desnudos ante el
poder que nos hace sentir inferiores, sin valor.
Cuántas veces hemos tenido estos
mismos sentimientos. Cuántas veces hemos deseado abandonarlo todo: renunciar a
nuestra relación, dejar nuestro trabajo, salir de la iglesia, abandonar
nuestros sueños. Y… cuantas otras veces lo
hemos hecho.
Cuál es el sentimiento que sigue
a estas decisiones tomadas desde el miedo y la pérdida de la esperanza, cuáles
son los resultados reales en nuestra vida.
Es aquí donde Jesús se convierte
en una referencia para todos, y digo para todos porque Jesús es como un faro
puesto en lo más alto para iluminar a todos: los que lo reconocen y los que no.
Esto porque su mensaje no es el desánimo y la exclusión. Por el contrario, su
mensaje es la esperanza para los afligidos, para los rechazados, para los menos
afortunados, es decir, es un mensaje para todos porque todos necesitamos ser
amados, ser valorados y animados a seguir adelante. Jesús nos invita a todos
sin excepción a participar de la gloria de su resurrección aquí y ahora.
Jesús ha resucitado, a vencido la
muerte por y para nosotros, para que tengamos fe en que nuestros actos de bien
y justicia tendrán su recompensa, en que nuestra perseverancia en el bien nos
llevará al éxito junto con Él. Jesús ha resucitado y vive entre nosotros para
que llevemos esta buena noticia a los menos afortunados también, haciendo
caminar a los paralíticos, haciendo ver a los ciegos y oír a los sordos. Esto
es sólo posible cuando se los arrebatamos a la muerte a la que esta sociedad
los ha condenado, cuando aligeramos su carga y los bajamos de la cruz en que
los han clavado.
El mensaje de la resurrección va
más allá de sus implicaciones históricas y su influencia innegable en el mundo
moderno. La resurrección es un camino abierto por Jesús para que el ser humano
alcance su máximo potencial haciendo el bien a todos sin distinción. La
resurrección es real, es siempre actual y puede transformar nuestras vidas
golpeadas, nuestras existencias maltratadas, nuestra dignidad pisoteada.
¡Jesús ha resucitado y vive entre
nosotros, Aleluya!
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