Estoy
cansado, agotado, desgastado y hastiado de este estilo de vida, de escoger una
y otra vez un rumbo y permanecer como en una trampa de obstáculos y metas
inconclusas.
Estoy
aburrido de la soledad del siglo 21, de la falsa felicidad que todos queremos
mostrar a través de los portales vacíos de sentido de las redes. En los que
todos queremos vernos como unos gurús del éxito familiar, económico y espiritual.
Me
irrita levantarme cada día y sentir la incertidumbre del futuro, el haber
perdido esa certeza que tuve en la juventud cuando era “libre e indocumentado”
y vivía guiado por mi instinto e intuición.
Tener
que lidiar con esta nueva enfermedad, altamente contagiosa y que hemos asumido
como parte de nuestra naturaleza. Que, parafraseando a Fito Páez, “te quita la
sonrisa y su síntoma es que ya no importa nada”. Me refiero al consabido estrés.
Esta
carrera interminable por el dinero para poder tener derecho a las sobras de los
“más fuertes”, los “más hábiles”, los “más corruptos”, los que “beben agua
primero…”
Me
desespera, 4 décadas después, tener que aprender a vivir en el presente, a
meditar, a orar, a tranquilizar mis demonios, a disfrutar de lo que tengo para
no lamentar su pérdida más adelante.
Me
embarga la impotencia al ver lo difícil que es dirigir a otros hacia lo que yo
creo que es lo correcto, la verdad, el camino. Pero peor aún, saber que otros intentan
hacer lo mismo conmigo. Para ellos soy yo quien está equivocado y quien
necesita guía. Ciegos guiando a otros ciegos.
Qué difícil
es vivir sin respuestas y muchas veces hasta sin preguntas. Lanzados al mundo
como dados del azar que giran y giran, rebotan, y cuando se detienen dan una
cara inesperada que define todo su propósito (que no fue ser lanzados, ni girar
ni rebotar, ni chocar entre ellos, sino detenerse y mostrar su última cara).
Me
siento insatisfecho, tristemente lejos de la auto realización y amargamente
deprimido. Pero no me detengo, digo lo que pienso y siento, no lo envuelvo en
un papel celofán para que se vea bonito, lo digo con sinceridad y eso me gana
un puñado más de “enemigos íntimos” y anónimos que me odian y me desprecian por
eso.
Pero
continúo, no me detengo, pido fuerzas a Dios, al Universo, a La Madre Tierra,
en fin, a la idea que tengas de esa fuente desde la que proviene la energía y
el coraje.
No
me voy a detener a lamentarme y lloriquear como el chiquillo que ya no soy. Aún
no me resigno a rendirme. Aún me consumen estas ganas de llegar más lejos, de
destruir y reconstruir. Me quedan ganas aún de consumir el opio de la esperanza
y la fe para sentir esa alegría momentánea pero imprescindible.
Yo
continúo reclamando mi derecho a vivir, a rodar y chocar, hasta que llegue el
momento de detenerme y mostrar mi última cara. Yo he dicho lo que siento y cómo
me siento…tu turno…
JDT
No hay comentarios:
Publicar un comentario