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domingo, 24 de mayo de 2020

Di lo que sientes y di cómo te sientes (desahogo)



Estoy cansado, agotado, desgastado y hastiado de este estilo de vida, de escoger una y otra vez un rumbo y permanecer como en una trampa de obstáculos y metas inconclusas.

Estoy aburrido de la soledad del siglo 21, de la falsa felicidad que todos queremos mostrar a través de los portales vacíos de sentido de las redes. En los que todos queremos vernos como unos gurús del éxito familiar, económico y espiritual.

Me irrita levantarme cada día y sentir la incertidumbre del futuro, el haber perdido esa certeza que tuve en la juventud cuando era “libre e indocumentado” y vivía guiado por mi instinto e intuición.
Tener que lidiar con esta nueva enfermedad, altamente contagiosa y que hemos asumido como parte de nuestra naturaleza. Que, parafraseando a Fito Páez, “te quita la sonrisa y su síntoma es que ya no importa nada”. Me refiero al consabido estrés.

Esta carrera interminable por el dinero para poder tener derecho a las sobras de los “más fuertes”, los “más hábiles”, los “más corruptos”, los que “beben agua primero…”

Me desespera, 4 décadas después, tener que aprender a vivir en el presente, a meditar, a orar, a tranquilizar mis demonios, a disfrutar de lo que tengo para no lamentar su pérdida más adelante.

Me embarga la impotencia al ver lo difícil que es dirigir a otros hacia lo que yo creo que es lo correcto, la verdad, el camino. Pero peor aún, saber que otros intentan hacer lo mismo conmigo. Para ellos soy yo quien está equivocado y quien necesita guía. Ciegos guiando a otros ciegos.

Qué difícil es vivir sin respuestas y muchas veces hasta sin preguntas. Lanzados al mundo como dados del azar que giran y giran, rebotan, y cuando se detienen dan una cara inesperada que define todo su propósito (que no fue ser lanzados, ni girar ni rebotar, ni chocar entre ellos, sino detenerse y mostrar su última cara).

Me siento insatisfecho, tristemente lejos de la auto realización y amargamente deprimido. Pero no me detengo, digo lo que pienso y siento, no lo envuelvo en un papel celofán para que se vea bonito, lo digo con sinceridad y eso me gana un puñado más de “enemigos íntimos” y anónimos que me odian y me desprecian por eso.

Pero continúo, no me detengo, pido fuerzas a Dios, al Universo, a La Madre Tierra, en fin, a la idea que tengas de esa fuente desde la que proviene la energía y el coraje.

No me voy a detener a lamentarme y lloriquear como el chiquillo que ya no soy. Aún no me resigno a rendirme. Aún me consumen estas ganas de llegar más lejos, de destruir y reconstruir. Me quedan ganas aún de consumir el opio de la esperanza y la fe para sentir esa alegría momentánea pero imprescindible.

Yo continúo reclamando mi derecho a vivir, a rodar y chocar, hasta que llegue el momento de detenerme y mostrar mi última cara. Yo he dicho lo que siento y cómo me siento…tu turno…


JDT 

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