Por Juan Tavárez
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¿Estás listo para pasar al próximo nivel? ¿Quieres lograr cosas aún más grandes? Te daré la clave:
comienza a aceptar que te queda mucho por aprender y desmonta tus defensas ante los ataques
de los demás.
Estas fueron las conclusiones a las que llegamos en un grupo de personas con las que reflexionaba
el tema de la humildad y la mansedumbre. Me impactó una señora que confesó: “luego de esta
reflexión me doy cuenta de que, a pesar de los años que tengo trabajando, aún me queda mucho
por conocer”.
Y estas palabras me cambiaron para siempre, pero me cambiaron por dentro. No hablo de un
cambio intelectual sino un cambio en mi corazón, en mi alma que me hizo descubrir una nueva
dimensión de la palabra “humildad”: reconocer de manera sincera que siempre habrá mucho más
por aprender y conocer.
No sé por qué pero los seres humanos hemos sido dotados de una especie de “tope” mental que
nos indica cuando sabemos suficiente y es como si este tope nos dijera: “ya, deja de aprender”.
Quizás éste existe para que nos pongamos en acción cuanto antes y no nos quedemos en la fase
del estudio maravillándonos con el conocimiento, pero la verdad es que si aprendemos a soltar de
vez en cuando este seguro y plantearnos ignorantes otra vez, pasaremos a otro nivel.
John C. Maxuell habla de estos topes en su libro “las 21 leyes irrefutables sobre el liderazgo” y la
importancia de las personas que nos ayudan a levantar estos topes a lo largo de nuestra vida.
Otros autores les llaman paradigmas, resaltan su importancia al momento de perseguirlos como
metas, pero también recomiendan su sustitución por otros paradigmas nuevos que nos planteen
nuevos retos.
Por otro lado la mansedumbre nos invita a deponer nuestras armas de defensa, a reconocer que si
tenemos un enemigo, está justo dentro de nosotros, en el centro de nuestro pecho. Eso que
sentimos cuando admitimos que nos “hierve la sangre”, que nos “subieron y nos bajaron”.
Aprender a controlar estos sentimientos y ponerlos a un lado mientras interactuamos con otras
personas es fundamental.
Ahora, partiendo del hecho de que estos sentimientos tienen alguna utilidad, el punto es que
podamos re-direccionarlos y convertirlos en combustible de nuestro valor y valentía para
enfrentar nuevos retos, de vencer nuestros miedos que son realmente la causa de nuestra
agresividad.
Imagina esto: estás frente a un cliente que te está pidiendo cosas y tú estás pensando en su
completa ignorancia sobre lo que pide y sus posibilidades en el mundo real. Ya tienes un
argumento para comenzar a contradecirle y explicar por qué lo que pide no es posible y estás listo
para bombardear sin piedad a su indefensa falta de conocimientos.
Mi primo Erickson Matos me dio una lección con respecto a este tema. Me dijo: “no hay que poner
restricciones a los requerimientos de los clientes, nuestro trabajo no es este. En lugar de decir que
no se puede, es más efectivo decir cómo entendemos nosotros que se puede” y yo le agrego, en la
misma idea absurda del argumento de cómo se puede se encontrará la respuesta de por qué no se
puede.
De esta manera es el cliente el que toma la decisión y no nosotros quienes tratamos de imponerla.
Al fin y al cabo, estos argumentos a la defensiva no son más que un reflejo de nuestros propios
miedos. Nuestro pánico a quedar mal, el terror que nos provoca la idea de fracasar y dejar de ser
considerados “expertos”.
Ser mansos y humildes de corazón nos abre las puertas a nuevos niveles de experiencia que es en
definitiva la madre del conocimiento.
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