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viernes, 24 de abril de 2020

Fidelidad a ti mismo, esa es la cuestión

La sociedad nos exige ser fieles. Es parte de la lucha por la subsistencia de la especie. Debemos ser fieles al estado y sus leyes, a los compromisos financieros, a toda la estructura tributaria, a los compromisos laborales y a los roles familiares básicos como la paternidad y el matrimonio.
En niveles más superestructurales debemos fidelidad a ciertos ideales y creencias que, si bien no son obligatorios, nos dan sentido de pertenencia y mantienen cierto equilibrio psicológico colectivo.
Sin embargo hay una fidelidad que no se enseña en las escuelas, no nos adoctrinan para respetarla, no nos incentivan a mantenerla: la fidelidad a nosotros mismos.
Ser fieles a nuestra esencia, nuestra individualidad, lo que nos diferencia a cada uno del resto, parece contraponerse a la necesidad de una sociedad “uniforme” en la que se enseña todo lo contrario: “debemos transformarnos en el otro”. Ese otro que se nos presenta como modelo de perfección y que nos tortura día y noche como meta inalcanzable.
Desde mi punto de vista, apuntar a un modelo ideal y descubrir nuestra individualidad mantienen una relación dialéctica y entender esta relación es la base del progreso humano. Los modelos nos dan referencias y la individualidad produce los grandes avances. En palabras de Stephen Covey, dentro de la colectividad, cada uno debe “encontrar su voz”.
Como el tema de los modelos está tan bien arraigado en nuestra cultura, no es necesario redundar en él. Considero mucho más relevante resaltar la importancia de descubrir nuestra “voz” única y ser fiel a ella.
Sé por experiencia propia que el solo hecho de pensar que tenemos que embarcarnos en un viaje de autoconocimiento nos da pánico, saca a flote nuestros miedos más profundos, despierta un sentimiento de soledad insoportable porque es un camino en el que nadie nos puede acompañar.
Es aquí donde la palabra “fidelidad” cobra sentido dado que exige un compromiso con alguien a quien no puedes engañar: tú.
Tendrás que enfrentar al niño temeroso y al adulto castigador que cohabitan en ti para hacer las paces entre ellos; enseñar al niño a expresar su creatividad y al adulto a aprovecharla para juntos crear al nuevo ser humano.
Te aseguro que podrás reconocer este nuevo “yo” por la felicidad que sentirás al verlo manifestado haciendo con maestría aquellas cosas para las que definitivamente tiene todas las habilidades y herramientas.
Por supuesto es como la búsqueda del tesoro, necesitarás un mapa que te dirá más o menos donde cavar. Ese mapa es tu propia historia, busca en tu niñez y tu adolescencia aquellas actividades, juegos, materias, trabajos que te hacían feliz y pleno. En tu adultez podrás buscar aquellas que hiciste casi de manera automática y natural.
Recuerda que estas serán sólo pistas, no siempre se revelará como en las películas o en las historias fantásticas como una “iluminación divina repentina”; pero, usando la analogía del tesoro, al cavar irás descubriendo poco a poco el cofre, deberas remover mucha tierra y posiblemente debas romper algún candado oxidado por la humedad y el tiempo. Tarde o temprano lo encontrarás, porque es algo que no está negado a nadie sobre esta tierra que respire, no depende de tu inteligencia o formación o linaje, raza o nacionalidad. Es gratuito porque está en ti, nació contigo y se irá contigo a la tumba.
Si decides emprender esta aventura espero de todo corazón que encuentres la llave hacia esa fuente de felicidad que emana desde lo más profundo de tu interior para que puedas disfrutarla en los años que te quedan sobre la tierra y compartirla con todos y todas a tu alrededor.
Recuerda: “no se enciende una lámpara para ponerla debajo de la mesa”. Jesús.


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